Un mundo que avanza en tecnología, pero parece retroceder en humanidad.
Por Danilo Feliz Medina
OpiniónVivimos en un mundo que cambia a una velocidad impresionante. La tecnología avanza, la inteligencia artificial transforma nuestra vida y un teléfono celular nos permite comunicarnos en segundos con cualquier parte del planeta.
Sin embargo, mientras avanzamos en tecnología, debemos preguntarnos: ¿estamos avanzando también como seres humanos?
Hoy vemos situaciones que hace apenas unas décadas parecían inimaginables. El celular muchas veces tiene más atención que una conversación familiar. Los padres tienen menos tiempo para sus hijos y algunos hijos apenas tienen tiempo para escuchar a sus padres. Los mayores, que durante generaciones fueron la columna vertebral de la familia, muchas veces son tratados como si su experiencia ya no tuviera valor.
¿En qué momento dejamos de escuchar a nuestros mayores?
Nuestros abuelos y padres fueron maestros de vida. Conocieron el sacrificio, la necesidad, el trabajo duro y el valor de la familia. Sus consejos no salían de un algoritmo, sino de años de experiencias. Una sociedad que deja de escuchar a sus mayores pierde una parte importante de su memoria y de su sabiduría.
También vivimos una época donde la verdad parece haber perdido valor. Una mentira repetida muchas veces puede convertirse en una aparente verdad, mientras que quien intenta defender principios y valores puede ser considerado anticuado. La Biblia ya advertía sobre sociedades capaces de llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno (Isaías 5:20).
Y mientras nuestra sociedad cambia, el mundo también enfrenta grandes tragedias.
Según EM-DAT, durante 2024 se registraron 393 desastres relacionados con amenazas naturales, que provocaron 16,753 muertes y afectaron aproximadamente a 167 millones de personas. Terremotos, inundaciones, huracanes, incendios, sequías y temperaturas extremas continúan dejando dolor y destrucción.
Para quienes tenemos fe, estos acontecimientos nos hacen recordar las palabras de Jesús en Mateo 24, donde habló de guerras, hambre, enfermedades y terremotos, pero también advirtió sobre algo todavía más profundo: “el amor de muchos se enfriará”.
Quizás ese sea uno de los grandes terremotos de nuestro tiempo: el terremoto de los corazones.
Familias divididas. Padres olvidados. Hijos distanciados. Falta de respeto. Mentiras que reciben aplausos. Personas que se preocupan más por una pantalla que por quien tienen sentado al lado.
Pero todavía hay esperanza.
No podemos controlar todos los desastres del mundo, pero sí podemos decidir qué clase de personas seremos frente a ellos. Podemos recuperar el respeto, escuchar a nuestros mayores, cuidar a nuestros hijos, visitar a nuestros padres, decir la verdad y volver a valorar la familia.
La Biblia nos recuerda en Mateo 24:13 que “el que persevere hasta el fin será salvo”.
Por eso, más que preguntarnos cuándo llegará el fin, deberíamos preguntarnos cómo estamos viviendo hoy.
Tal vez el mundo no necesita solamente más tecnología. Tal vez necesita más familias unidas, más respeto, más verdad, más solidaridad y más amor.
El mundo puede cambiar, pero todavía podemos decidir que el cambio no destruya nuestra humanidad.
Volvamos a mirarnos a los ojos. Volvamos a escuchar a nuestros padres y abuelos.
Volvamos a cuidar a nuestros hijos. Volvamos a decir la verdad. Y, sobre todo, volvamos a Dios.
Porque quizá el mayor desafío de nuestra generación no sea sobrevivir a un mundo que cambia rápidamente, sino evitar que ese mundo cambie nuestro corazón.

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