La lección que la universidad no enseña

Por Francisco Luciano

                                                                                      Opinión


En la soleada sala de estar de la casa familiar en las afueras de la ciudad, Doña Rosa López, una mujer de sesenta y nueve años con el cabello plateado recogido en un moño sencillo y manos marcadas por décadas de trabajo duro, observaba todo con ojos serenos. Su hijo, Alejandro López, de veintiséis años, acababa de graduarse con los más altos honores de gráficos y proyecciones. Administración de Empresas en la Universidad. Vestía una camisa impecable y sostenía un portafolios lleno de documentos y cuadros estadísticos. Era un experto en márgenes de beneficio, cláusulas contractuales y estrategias de negociación. Para él, los números lo eran todo.

Aquel martes por la tarde, llegó don Miguel Torres, un empresario de mediana edad con traje reluciente y una sonrisa amplia. Traía una propuesta: una sociedad para importar y distribuir suplementos vitamínicos orgánicos de una marca extranjera. “Es un negocio redondo, Alejandro”, dijo Torres sentándose en el sofá. “Los márgenes de ganancia son del treinta y cinco por ciento en el primer año. Con tu expertise en comercio, podemos escalar rápido. Imagina: ventas en farmacias y tiendas en línea. ¡Dinero que entra solo!”.

Doña Rosa, desde su mecedora en un rincón, no decía nada. Solo observaba. Notó cómo los ojos de Torres se iluminaban al mencionar “ganancia” y “margen”. Hablaba de cifras, de contratos blindados, de proyecciones de ventas. Pero ni una sola vez mencionó cómo esos suplementos mejorarían la salud de las familias, cómo aliviarían el cansancio de los trabajadores o cómo fortalecerían a los niños en barrios humildes. Solo dinero. Sus manos se movían con entusiasmo exagerado, pero sus hombros se tensaban ligeramente cada vez que Alejandro preguntaba por el impacto real en los clientes.

“Mamá, ¿qué te parece?”, preguntó Alejandro al final de la reunión, mientras Torres se despedía con un apretón de manos firme.

Doña Rosa esperó a que la puerta se cerrara. “Hijo, no hagas negocios con ese hombre. Hay algo en su forma de hablar… falta de sinceridad. Y un toque de envidia en cómo te mira, como si quisiera tu juventud y tu título para cubrir sus propias sombras”.

Alejandro sonrió con cariño, pero no le dio peso. “Mamá, soy experto en esto. He estudiado cuatro años de negociación internacional, análisis financiero… Los números no mienten. El contrato es claro, los márgenes son sólidos. Es una oportunidad de oro. Confía en mí”.

Ella suspiró, pero no insistió. “Está bien, mi niño. Tú decides”.

Pasaron tres meses. Al principio, todo marchaba como en los libros de Alejandro. Los primeros envíos llegaron, las ventas iniciales fueron buenas. Pero luego vinieron los “peros”: retrasos en los suministros, productos que no cumplían con las especificaciones prometidas, quejas de clientes por falta de efectividad. Torres empezó a evadir llamadas. Cuando Alejandro lo confrontó en su oficina, el empresario se encogió de hombros. “Problemas de la cadena de suministro, amigo. Ya se resuelve”.

Pronto llegó la verdad: Torres estaba insolvente. Había usado el capital de Alejandro para pagar deudas antiguas. El contrato era impecable en papel, pero la batalla legal costaría más de lo que se recuperaría. Alejandro, con el corazón pesado, cerró el caso. Perdió una suma importante, suficiente para retrasar su sueño de abrir su propia consultora.

Una noche, sentado en la misma sala de estar, Alejandro miró a su madre mientras ella cocía el botón de una camisa. “Mamá, ¿cómo lo supiste? En solo unos minutos, tú… una mujer que nunca pisó la escuela. Yo, con mi título y mis honores, no vi nada. ¿Qué viste tú que yo no?”.

Doña Rosa dejó las agujas y lo miró con ternura. “Es sencillo, hijo. Una persona que muestra más interés en el beneficio pecuniario, en cuánto se va a ganar, que en la satisfacción que puede generar lo que hace a las personas… no es de fiar. Cuando ese Torres se presentó, solo habló de márgenes de ganancia. Nunca dijo en qué proporción beneficiaría a las personas que adquieran el producto. Sus ojos brillaban cuando hablaba de dinero. Eso, en mi experiencia, es codicia. Y la persona codiciosa casi siempre tiende a no ser del todo honesta”.

Alejandro frunció el ceño, intrigado. “Sí, mamá, todo eso lo entiendo ahora. Pero ¿cómo lo determinaste tú? ¿Cómo supiste que las cosas no saldrían de la manera correcta?”.

Se llama intuición, mi amor. Eso se aprende con la experiencia de los años, que generan, a la larga, sabiduría. La gente se confunde y piensa que solo se aprende en las academias, escuelas o universidades. Pierden de vista que el principal centro de aprendizaje es la propia vida. Yo no tengo escuela, pero he visto a muchos como él en mis setenta años: en el mercado, en las tiendas, en las familias del barrio. He visto promesas que se rompían porque el corazón estaba en el bolsillo, no en el prójimo.

Alejandro guardó silencio un momento. Luego, con voz baja, admitió: “Tenías razón. Yo leí los contratos, pero tú leíste al hombre. Sus gestos decían más que sus palabras”.

Doña Rosa sonrió y le tomó la mano. “Se puede ser inteligente sin tener educación formal, y se puede tener mucha educación, adquirir conocimientos e información, más no tener la inteligencia suficiente para leer el lenguaje corporal de las personas. Ese lenguaje casi siempre dice más que las palabras. La sabiduría no se mide en diplomas, hijo. Se mide en cómo vives, en cómo observas, en cómo amas la vida y a la gente”.

Alejandro asintió, con los ojos húmedos. Aquella noche, por primera vez, entendió que su madre no era solo una anciana. Era una maestra. Y que la verdadera educación comenzaba donde terminaban los libros: en la escuela infinita de la existencia.

El autor es docente universitario y dirigente político.

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