El poder siempre ha sido desafiado
Por Francisco Luciano
OpiniónQuienes afirman que “el poder no se desafía” cometen un acto profundamente antihistórico. Esta frase, repetida por conveniencia, escepticismo o cobardía, ignora que la historia de la humanidad no es la crónica resignada de súbditos pasivos, sino el relato vibrante de pueblos que, una y otra vez, se atrevieron a confrontar al poder establecido y, en muchas ocasiones, lo vencieron. Negar esta realidad no solo es falso: sirve de excusa perfecta para quienes prefieren acomodarse al statu quo antes que arriesgarse a transformarlo.
La Independencia de Estados Unidos en 1776 desmonta el mito. Trece colonias aparentemente débiles se rebelaron contra el Imperio Británico, la mayor potencia de su tiempo. La Declaración de Independencia no fue un mero manifiesto romántico: fue una ruptura total con la Corona. George Washington, Thomas Jefferson y sus compañeros enfrentaron un ejército superior en recursos y experiencia. Sin embargo, la determinación popular, la estrategia inteligente y el apoyo internacional lograron lo que parecía imposible: derrotar a la superpotencia colonial y dar nacimiento a la nación más influyente del siglo XX.
En América Latina ocurrió algo aún más extraordinario. Entre 1810 y 1825, todo un continente se levantó contra el Imperio Español. Simón Bolívar en el norte y José de San Martín en el sur no se limitaron a protestar: organizaron ejércitos, cruzaron los Andes y libraron batallas decisivas. El Virreinato del Perú y la Capitanía General de Venezuela representaban siglos de dominación con ejércitos profesionales y respaldo metropolitano. Aun así, la voluntad popular, impulsada por ideas ilustradas y agravios concretos, demostró que el poder más consolidado puede derrumbarse. La independencia latinoamericana no fue un regalo de la historia, sino el fruto directo de desafiar y vencer al imperio.
El siglo XX aportó otro ejemplo irrefutable: la Revolución Cubana de 1959. Un pequeño grupo de guerrilleros liderados por Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos derrocó la dictadura de Fulgencio Batista, respaldada por Estados Unidos. En menos de tres años, aquellos rebeldes con recursos limitados tomaron La Habana. Cuba parecía un bastión inexpugnable del poder norteamericano en el Caribe; sin embargo, la determinación y la organización mostraron que incluso la influencia de la superpotencia mundial podía ser desafiada con éxito.
Estos casos no son excepciones. La Revolución Francesa de 1789 acabó con la monarquía absoluta de Luis XVI. La independencia de India en 1947 demostró que la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi podía doblegar al Imperio Británico. La caída del apartheid en Sudáfrica en 1994 fue posible gracias a la lucha persistente de Nelson Mandela y el Congreso Nacional Africano.
Nuestra propia historia dominicana está repleta de lecciones similares. Los Trinitarios, con Duarte a la cabeza, desafiaron la dominación haitiana para proclamar la Independencia en 1844. Los Restauradores, encabezados por figuras como Gregorio Luperón, Santiago Rodríguez y Pedro Antonio Pimentel, recuperaron la soberanía en la Guerra de la Restauración (1863-1865) tras la anexión a España. La Raza Inmortal de 1959 y los constitucionalistas de abril de 1965 encarnaron esa misma audacia contra regímenes autoritarios. Incluso durante los doce años de Joaquín Balaguer (1966-1978), “los de abajo” resistieron con gallardía la represión y defendieron sus ideales democráticos.
Es cierto que desafiar al poder implica riesgos, sacrificios y, a menudo, derrotas temporales. Pero la comodidad nunca ha escrito la historia. Esa frase resignada suele ser pronunciada por quienes, como el personaje de Juan Antonio Alix —don Martín Garata—, prefieren “los mangos bajitos”: beneficiarse del poder de turno mediante cargos, prebendas o contratos sin arriesgar nada. Su escepticismo no es análisis histórico, sino coartada moral. Al desmovilizar a los demás, protegen sus intereses personales y perpetúan el statu quo.
En última instancia, la historia humana es la historia de la resistencia. Cada derecho conquistado, cada avance democrático y cada dictadura derrocada ha surgido de quienes se atrevieron a decir “basta” y organizaron la acción colectiva. Negar esta verdad no solo es antihistórico: es antidemocrático. Desarma espiritualmente a las nuevas generaciones y favorece a los eternos beneficiarios del poder.
Frente a quienes repiten mecánicamente que “el poder no se desafía”, basta responder con los hechos: el poder se confronta, se desafía y, cuando la voluntad popular es suficiente, también se vence. La próxima vez que alguien invoque esa frase cobarde, recordemos a Washington, Bolívar, Castro, Gandhi, Mandela, Duarte, Luperón y los héroes dominicanos. La historia no la escriben los acomodados ni quienes sirven al poder plegados como babosas; la escriben aquellos que, pese a las dificultades, se atreven a desafiarlo. Y hasta ahora, la historia les ha dado la razón.
El autor es docente universitario y dirigente político.
