Por Francisco Luciano Opinión En la soleada sala de estar de la casa familiar en las afueras de la ciudad, Doña Rosa López, una mujer de sesenta y nueve años con el cabello plateado recogido en un moño sencillo y manos marcadas por décadas de trabajo duro, observaba todo con ojos serenos. Su hijo, Alejandro López, de veintiséis años, acababa de graduarse con los más altos honores de gráficos y proyecciones. Administración de Empresas en la Universidad. Vestía una camisa impecable y sostenía un portafolios lleno de documentos y cuadros estadísticos. Era un experto en márgenes de beneficio, cláusulas contractuales y estrategias de negociación. Para él, los números lo eran todo. Aquel m...